Cada año, con los compañeros de curso, hacemos una cena de Navidad y Año Nuevo. Esta vez tocó el viernes. Además de las toneladas de comida, hubo litros y litros de vino. Yo, como tengo este estómago fino de “conmigo no te pases que te enterarás durante cinco días”, mido lo que como y sobre todo lo que bebo.
Así, desde las 9 de la noche y hasta las 4 de la mañana, me tomé unas cinco copas de vino, intercaladas con agua. Cuando decidí que se acababa el vino, fui al baño y uno de los amigos estaba ocupándolo, en realidad lo tuvo acaparado desde las 4 y hasta las 6 am. Cuestión que como no paraba de vomitar, acabamos llamando a la ambulancia. Bueno, la llamamos porque dejó de vomitar pero apenas si reaccionaba, no se movía, no respondía preguntas, no podía hablar.
Los paramédicos nos dijeron, en resumen, que podía dormir la mona en casa o dormirla en una camilla en el hospital. Con mucha dificultad lo movimos al sofá y a las 7:30 am finalmente se durmió y pude venirme a casa.
Volviendo a casa me puse a pensar en las borracheras. En cómo los seres humanos tenemos esta necesidad de meternos cosas en el cuerpo, de perder un poco el control de vez en cuando. Lo peor es que creo que estaremos todos de acuerdo en que no es nada agradable el mareo extremo, ni el malestar… entonces ¿por qué lo hacemos?
Hace mucho tiempo que este amigo no se mete una borrachera, pero hasta hace un año creo que era constante el tema bebo-bebo-bebo-acabo vomitando. Sé que es joven, sé que tiene un punto de normalidad, pero me pregunto si no hay algo más allá de lo que quiere huir y usa el alcohol. No sé… son estas cosas que se pasan por la cabeza y no sé por qué.
