Posts tagged viejos tiempos

Black Betty en… trabajos chungos

A partir del post anterior, me puse a repasar los trabajos chungos que he tenido. Trabajé desde los 16 años (telemarketing) hasta los 24 (actriz, diseñadora gráfica, asistente de dirección teatral, periodista en radio, en tele y profe) sin parar. Desde entonces digamos que voy del ocio creador a trabajos temporales por diversas circunstancias, a veces digo que compenso por haber empezado tan pronto.

Cuestión que he trabajado en muchos sitios raritos. Sí, es verdad que el trabajo dignifica, pero qué voy a decir yo… algunos son menos “dignificadores” que otros. He aquí el top 3 de Black Betty.

3. Vendedora de bragas. Una gran cadena española me acogió en su seno para vender bragas (entre otras cosillas, claro). A veces entraba a las 9 am, otras salía a las 10 pm. Me despidieron en un mes. Tiempo récord resumido por la de recursos humanos como “tienes la actitud perfecta pero eres lenta”. Se imaginarán mi trauma por no haber sido suficientemente rápida doblando pijamas, colgando sujetadores y braguitas. En realidad, estoy segura de que me echaron por ser sincera y decirle a la supervisora de tienda que era una prepotente… eso sí, fue por su propia insistencia y su dicho frecuente de “prefiero que me digan las cosa a la cara”. MORALEJA: si el jefe te dice que seas sincero, le dices que estás genial, feliz y realizado. Luego te vas a casa a rumiar tus penas.

2. Vendedora de móviles. Los primeros días el problema era aprender el sistema informático. Los siguientes, aprender los modelos de móviles. Los que vinieron después, aceptar gritos y reclamos de clientes, después de todo es la única cara que se encuentran en la maraña de compañías telefónicas y los números de atención al cliente son una farsa. Después aprendí cositas divertidas, como que hagas lo que hagas, cuando quieres renovar tu teléfono no te dan el mejor, porque los planes de renovación no comisionan. Luego acabé aprendiendo que no es normal que la administradora te llame una vez al día para gritarte, te trate como un zapato y encima… ¡ni siquiera te paguen! MORALEJA: si queréis un móvil nuevo, la mejor estrategia es cambiarse de compañía… aunque no quieras cambiarte. Tu operador te ofrecerá, entonces, la luna y el sol.

1. Limpiadora de cuartos de hotel. Corrían los meses de invierno es Estados Unidos, casi en la frontera con Canadá. Con 20 añitos decidí que podía pasarme cuatro meses limpiando habitaciones en un hotel cinco estrellas. Un trabajo duro, pesado, ingrato… pero bien pagado. El problema vino con la primera fiesta universitario y sus paredes y camas bañadas en muestras gástricas de borrachos titulados. Ese fue el primer problema. El segundo fue que descubrí, muy tarde, que el “ascenso” por buen trabajo era que pasaras a limpiar los baños. MORALEJA: Si se trata de limpiar, mantente en el percentil bajo… o acabarás desatascando váteres, aún en mucho pero mucho peor estado que las paredes tras la fiesta universitaria.
En los tres casos juré que nunca mais.
Hasta ahora he podido mantenerlo.
Menos mal.

Comments (9) »

Novio Platónico y yo

Pocos meses después de entrar a la Universidad, con 16 años, conocí a quien sería Mi Novio Platónico.

Lo veía cada día, cada día suspiraba. Me enteré de que una amiga lo conocía de su barrio, así que planeamos una estrategia requete “disimulada” para que me lo presentara. En resumen lo seguimos hasta la puerta de su casa (tuvimos que tomar un autobús y demás, en plan stalker total) y antes de que entrara, mi amiga lo llamó.

A partir de ahí, cada vez que lo veía podía suspirar, pero también lo saludaba. En pocas semanas empezamos a salir juntos: a comer, al cine y los fines de semana iba a verlo entrenar o jugar béisbol. De conversación interesante poca, yo me sentía incapaz de articular nada inteligente. Y él, a pesar de llevarme cuatro añitos, digamos que tampoco era muy ágil. De hecho yo hablaba más con su madre que con él. Destinados a una relación complicada al estrepitoso fracaso.

Como mis amigas empezaban a preguntar, directamente decidí mentir. Jijijiji… les dije que sí que nos dábamos besos como cualquier pareja normal. Repetí  la mentira suficientes veces: llegó un momento en que me lo creí.

En total estuve saliendo con Mi Novio Platónico un año y dos meses. Increíble, pero cierto, catorce meses con tres piquitos si acaso (o no, ya no sé, ya expliqué mis mentirijillas compulsivas en este caso). Mi madre me decía que talvez él quería una “amiga”, pero su madre no paraba de repetirme cuán enganchado estaba su hijo a mí.

La última vez que lo vi fue en el 2004. Durante algunos minutos volví a ser la nena de 16 que no sabe qué hacer. Luego pensé en lo ridículo de la situación y solté mi pose de femme-fatale-I-Know-you-want-me-I’m-simply-irresistible. Por primera vez logramos conversar, contarnos cosas, reírnos sin presiones. Y ahí estaba la cosa más evidente del mundo. En un instante me di cuenta de que había hecho todo mal: es cuando sueltas la pose que consigues lo que quieres.

Y sí… no lo niego, soy lenta… tardé nueve años en entenderlo.


Ilustración: Jason Sposa

Comments (21) »

Impresiones infantiles

La Burguesita de Rottemburgo me hizo una pregunta hace rato, y yo no me había dignado a responder. Preguntaba por las tres impresiones infantiles, tres hechos que me hubieran sacudido de pequeña.

1. Esta es graciosa-tierna: constatar que mi diferencia de color de piel era determinante para algunas cosas. Resulta que un compañerito de 1er grado de primaria me decía, para fastidiarme, que me había caído en un barril de chocolate. Yo sufría y lloraba, no sabía muy bien por qué. Sé que me impresionó que él tuviera algo que decir sobre mi físico. Mi madre me solucionó el conflicto con una frase genial “decile que si vos te caíste en un barril de chocolate, él se cayó en uno de nata agria (natilla/sour cream), y el chocolate es más rico”. Funcionó. Jijiji.

2. Ver a un chico y una chica de mi edad besarse en la boca. Resulta que cuando estaba en último año de la primaria, se puso de moda ir a esconderse y morrearse y, paralelamente, un grupo de incipientes voyeurs iban a presenciarlo. Un día vi un beso de pasada, mientras caminaba hasta el trabajo de mi madre. Me impresionó, claro, porque mientras mis compañeros tenían 12 años, yo tenía 10 y todavía me daban asco los besos en la boca, la saliva, y gritaba “noooooo” cuando me acusaban de estar enamorada de algún chiquillo.

3. Relacionado con el anterior: también en último año de primaria, mi “mejor amigo” David me pasó un papelito en clase. Decía que tenía que contarme que le gustaba alguien de la clase, en resumen que era yo y que si quería ser su novia. De nuevo, yo tendría 10 u 11 años. Le respondí con un “llámeme más tarde a mi casa, es que le tengo que preguntar a mi mamá”. Al llegar a mi casa llamé a mi madre a la Universidad, donde trabajaba. La hice dejar al grupo de estudiantes colgando, porque le dije a la secretaria que era MUY urgente. Mi madre me aconsejó ( no sé cómo no se rió de mi “emergencia”) y cuando me llamó el chiquillo en cuestión le explique que “dice mi mamá que no puedo tener novio porque soy muy chiquitita”. La impresión vino al día siguiente, cuando David ya tenía otra novia y se formó un grupo para ir a verlos morrearse después de clases.

Jajaja… las releo y me doy cuenta de lo inocente que era, probablemente a ningún chiquillo de esa edad le provocaría nada un insulto dulce, un beso, un novio frustrado.

Comments (19) »

Adolescencia… ¿bendito tesoro?

Pierce Brosnan, Kate Winslet, Rihanna, Tom Cruise, Michelle Pfeiffer, Kevin Costner, Harrison Ford. ¿Qué tienen estos famosetes en común? Aparte de –probablemente- una cuenta bancaria importante gracias al showbiz, todos estos fueron víctimas de los típicos malos de la clase. Conocieron, de primera mano, lo que significa el bullying.

Supongo que también habrá famosos que hayan estado del otro lado, es decir, que hayan sido los malos bravucones, pero no es políticamente correcto decirlo.

Sin embargo, me da la impresión de que ese punzonazo provocado por sentirse siempre en el ojo de la mira puede tener efectos positivos. No estoy defendiendo el bullying, jamás, pero así como hay quienes se derrumban al ser maltratados, también los hay que luego toman aquello como un impulso. Hay una necesidad posterior de demostrar la propia valía.

En mi caso, por ejemplo, los de la adolescencia fueron años estresantes… como todos, tenía una lista enorme de complejos. Que si era muy alta, que si era muy flaca, que si era muy empollona, que si era poco solicitada entre los del género masculino, que si era muy oscura de piel, que si tenía el pelo muy rizado, que si era muy escandalosa, que si era un poco cieguita, que si tenía granitos en la cara, que si me gustaba el chico que ni sabía mi nombre, que si…

Muchos, por no decir la mayoría, de estos complejos fueron causados por un agente externo. Siempre hay alguien que se divierte con verte padecer, mejor aún si te remarca algo que parece un defecto innato imposible de cambiar. Vistos en perspectiva, esos años de ser material de las burlas ajenas me han acabado dando material para hablar, escribir, quejarme, actuar. ¿O será que los aspirantes a artistas tenemos un gen sufridor?

Durante mucho tiempo he dicho que gustaría volver a los 12 años con mi conocimiento actual, pero más que eso, pienso que lo que realmente disfruto es esta sensación, paulatina, de que cada vez me importa menos lo que piensen de mí.

Et toi… ¿eras de los que recibían las burlas, o los que las producían… de los que se callaban, o de los que se defendían? ¿Regresarías a poner a alguno en su lugar?

Comments (25) »

De profesión: teatrera y letrista

Tabata me pregunta ¿por qué escogí la profesión que tengo?

Empiezo contando, para quienes no sepan, que en la universidad estudié periodismo y artes dramáticas. Me gradué de ambas. Ahora estudio dramaturgia. Escribir y la dirección de teatro es lo que más me apasiona, en términos profesionales.

Como entré al sistema educativo antes de lo debido (también nací antes, iba de apurada por la vida), resulta que a los 15 años me vi en la obligación de escoger a qué quería dedicarme. Tenía quince años, con lo cual dije “quiero ser actriz de culebrones y me voy a Televisa a estudiar”. Mi padre me dijo “sos menor de edad y nadie se está mudando a México, así que por ahora vas a escoger otra cosa, cuando tengás edad te vas a dónde querás”. Yo dije “quiero estudiar publicidad en la Universidad X”. La Universidad esta era privada… en mi terruño, las universidades públicas tienen mayor prestigio. Mis papás me “recomendaron” estudiar en la universidad estatal, no tuve más remedio que hacerles caso porque ellos me pagaban los estudios.

Finalmente entré a Comunicación Colectiva con dieciséis añitos. Después del primer curso de publicidad me di cuenta de que no era lo mío, así que me decanté por periodismo. En segundo año me apunté a escondidas a las pruebas de acceso a teatro, me admitieron y disfracé mis verdaderas intenciones diciendo que era un pasatiempo. Me mataba estudiando, mi horario normal era de 8 am a 10 pm de lunes a viernes, más ensayos sábados y domingos. Acabé periodismo, trabajé algunos años en eso, pero nunca fue mi vocación.

Lo del teatro y las letras lo tuve siempre. Era la típica que organizaba obras de teatro en casa para las fechas especiales. Yo las inventaba, las dirigía y las actuaba. Con mi hermana, uno de los juegos que primero recuerdo que teníamos, era que yo me subía en la cama cuando nos mandaban a dormir y le hacía sketches, imitaba personajes, le contaba historias dramatizadas. En el instituto siempre fui parte del club de teatro.

Sabía que mi vida tenía que tirar por ese lado.

Pero, siempre hay un pero, tardé años en lograr que mis padres lo aceptaran. No porque lo de ser artista les pareciera mal: mi papá es escritor. Era más bien miedo de que fracasara. Así que llevaba artes dramáticas como segunda carrera.

Volví a la escuela de teatro a acabar mis estudios y me gradué. Pude demostrarles a mis padres que me era fácil encontrar trabajo en el área y que era la única manera de ser feliz. Y lo sigue siendo. Mi pago más alto hasta ahora ha sido como escritora, cuando lo del premio.

Cuando venía para España, no estaba segura de si hacer el máster en periodismo o el que finalmente hice, en estudios teatrales y audiovisuales. Mi papá, para ayudarme a descartar el de periodismo, me dijo una frase que atesoro hasta hoy: “Tenías el camino muy claro desde jovencita. Te desviaste por insistencia de tus papás… no te desviés ahora, que has vuelto al camino inicial”.

Y héme ahí.

Comments (14) »

Whoa, vegetariana!

POR QUÉ ME HICE VEGETARIANA

En mi penúltimo año de universidad, cuando estaba terminando mi segunda carrera (Artes Dramáticas), tuve un curso muy particular. Era un seminario abierto y en este caso, el profesor decidió darnos el curso sobre retórica.

El trabajo final se trataba de disertación de veinte minutos sobre el tema que quisiéramos. Y hete tú que mi excompañera Pop-Star-Vegetariana-NeoEvangélica decidió explicar por qué no comía carne desde los 12 años.

No fueron tanto sus argumentos de compasión a las otras especies vivas lo que me convenció. De hecho, me pareció ilógico que expusiera ese motivo, si las plantas también son seres vivos… ¡y nos las comemos porque no chillan! Fue el vídeo de unos cuantos minutos que pasaba atrás suyo, filmando en un matadero de cerdos. Era terrible. Los gritos de pavor (no los puedo calificar de otra manera) de los animales cuando los llevan a matar se me quedaron pegados en los oídos. Además, el famoso vídeo no tenía nada que envidiarle a la peor cinta gore que se puedan imaginar.

Al llegar a mi casa, por la noche, me encontré carne estofada para cenar. La miré y me morí del asco. Me preparé una ensalada. Al día siguiente había muslos de pollo. Los miré y me morí del asco. Me preparé unas verduras. Al cabo de dos semanas de esto, asumí lo evidente: no iba a comer carne nunca más. Puagh. Me compré un libro de recetas, aprendí a comer cosas que antes ni probaba (bendita berenjena) y me mantuve en mi posición dos años. De vez en cuando comía pescado –casi nunca –huevos y leche. Era, técnicamente, ovo-lácteo vegetariana.

POR QUÉ VOLVÍ A SER CARNÍVORA

Mis motivos, en gran parte, son burgueses. Es horrible, pero es la verdad.

Resulta que todo ese rollo que solté sobre cocinar es medio cierto. La parte que no cuento es que la chica que trabaja en casa de mis padres me ayudaba con todo. O sea, yo llegaba a cocinarme y ella ya me había hecho de pinche de cocina: todo listo para irse a la olla. Eso, o incluso, me preparaba lo básico. Tenía ubicado el mejor supermercado dónde conseguir productos de soja (que por cierto están buenos, eh) que pagaba mi madre. Era la vida fácil de una ovo-lácteo vegetariana.

Al llegar a La Coruña, en el 2004, mi vida empezó a ser de adulta. Nadie me hacía la cama, la ropa dejó de aparecer lavada y aplanchada mágicamente, nadie me hacía de pinche de cocina, los platos me tocaba lavarlos a mí… y el dinero –que seguía viniendo de mi madre, pero era una cantidad fija –tenía que rendirlo. Se acabó la vida de señoritinga, con lo cual también tenía menos tiempo. Así, mi dieta sufrió algunos traumas. Dejé de hacerme cosas elaboradas y comía verdura hervida y poco más. Mucha comida preparada… a veces hacía día de comer sólo cereal, por la pereza de cocinarme algo.

En medio de este declive, conocí a El Hubby. Y hete tú que El Hubby es un carnívoro de cuidado. Cuando me vine a vivir con él a Barcelona, empecé comiendo pollo, como una concesión. Al segundo o tercer solomillo que lo vi deglutir, mi vena sangrienta volvió. Era Bruce (de Buscando a Nemo). Para Navidad estaba lista, de vuelta en la jungla, comiendo jamón serrano.

Desde entonces dejé lo de ser vegetariana. Evito comer mucha carne roja, eso sí, porque me da dolor de cabeza y siempre tiene que estar bien hecha, no tolero la sangre en el plato. La carne de cerdo muy de vez en cuando. Volvería a ser vegetariana sin problemas, aunque creo que es muy complicado -sobre todo socialmente-. Creo que por ahora estoy bien comiendo animalillos.

Comments (21) »

Por los viejos tiempos

Hasta los nueve años compartía habitación con la Hermana Grande. A diferencia de lo que podría creerse, el hecho de tener un espacio común era genial. Mi madre nos mandaba a dormir temprano, pero no se enteraba del carnaval que montábamos después de que supuestamente se apagara la luz.

Con cuatro o cinco años, inventé un programa-espectáculo con cortina de entrada y demás (la cantaba y bailaba subida en mi cama). Se llamaba “Chistes de mal gusto”. Básicamente eran sketches, protagonizados por mí, de todos los temas posibles… incluyendo imitaciones de presidentes y cantantes. La Hermana Grande era el mejor público, nunca tuve que esforzarme demasiado para hacerla reír.

La ruptura vino en la edad crítica. Ella entró al instituto, además a uno privado, y se transformó. Su adolescencia me dejó rendida en pocos meses. Tanto que, una mañana, dije desesperada “prefiero dormir en el cuarto pequeñito con tal de no dormir con ella”. Efectivamente, fui a dar al cuarto pequeño pequeño pequeño, pero recobré la paz. O más o menos, porque a partir de entonces y hasta hace unos cuatro años, la guerra abierta y cruda fue la constante.

Mis papás, ahora que viven en una casa grande y sin hijas, han remodelado su habitación. Sacaron su armario y ahora la ropa está distribuida en los armarios de los cuartos de mi hermana y mío. Mi habitación, de hecho, al ser el cuarto pequeño pequeño pequeño, se convirtió en una especie de almacén.

Ayer dormimos juntas otra vez. Las dos camas, una al costado de la otra, en la habitación de mi hermana.

Ambas estamos de visita en esta casa que ya no es nuestra, y como tal, nos acomodamos a las condiciones que hay.

Hablamos un gran rato antes de dormir. No me subí en la cama, ni le conté chistes, pero hubo un momento, un instante pasajero en que el mal de risa de las dos fue rotundo… sí, como en los viejos tiempos.


Foto: George Marks

Comments (20) »

Follow

Get every new post delivered to your Inbox.