
El post anterior lo escribí en el aeropuerto de Madrid, antes de subirme en el avión a Barcelona. Así, no sabía el siguiente capítulo de la historia del chico y su abuela (no que sepa el final, aviso, soy una sensacionalista).
Aparte de los tipos de viajeros, he de decir que es fácil identificar dos tipos de restaurantes en los aeropuertos, a saber:
1.los caros-baratos… esto quiere decir que puedes comerte alguillo por unos 14 euros. El peligro es que en el 99% de los casos la comida es asquerosa. Para muestra debí haberle sacado una foto a mi plato de pasta a la carbonara, que juro que parecía…mejor no lo digo, pero era terrible. La ensalada que lo acompañaba estaba tan marchita que me costó entender que esas hojitas marrones eran lechuga. ¿Qué por qué no reclamé? Porque antes había estado en la otra opción de restaurante y vi a una chica tirar su hamburguesa tras haberle dado un solo mordisco. De más está decir que tiré el plato entero, el segundo bocado me había provocado naúseas.
2. los caros-caros… esto quiere decir que el plato ronda los 30 euros o más. Pienso que es muy caro para tratarse de una comida de aeorpuerto, necesaria pero no realmente disfrutable. Puede estar bueno o no, depende de la suerte del viajero. En todo caso recomiendo, en caso de hambre extrema, ir directamente a este sitio.
Con hambre, y asco esperé a que abordara casi todo el avión antes de subirme. Cuando llego a mi mini asiento (que tengo las piernas largas, entiéndanlo señor de las aerolíneas) me encuentro con la abuela sentada en el asiento del pasillo y su nieto al lado. Resulta, entonces, que su destino final era Barcelona, por lo tanto es ahí donde les harán el control migratorio.
Les explico que ese asiento vacío en la ventana es mío, la abuela me dice “pues que te den otro asiento”. Como la he visto y sé que le cuesta moverse, en vez de perder la dulzura del carácter llamo a la sobrecargo. Me informa que el avión va lleno, así que ayuda a la abuela a levantarse, el chico sale, yo entro.
Todo bien… hasta que noto que el chico tiene esa magnífica costumbre de usar el reposabrazos como si sólo le correspondiera a él, así que me hago pequeña para que no me clave el codo en las costillas, incluso me recuesto hacia mi lado derecho, contra la ventana, pero pronto noto que el chico lo interpreta mal y cada vez se acerca más a mi lado. Intento diversas estrategias, nada funciona. Acabo con dolor en el lado izquierdo, menos mal que es un vuelo corto. Como si esto fuera poco, el chico lleva la nariz casi pegada a la ventana todo el tiempo, está encantado con la vista panorámica de Barcelona que se ve desde el avión y yo histérica de llevarlo encima durante el viaje. ¿Qué por qué no reclamé? Porque soy más vergonzosa de lo que nadie podría imaginar, desagraciadamente.
Como entenderán, cuando finalmente logro bajarme (de última, de hecho, porque la abuela tiene que esperar que salgan TODOS los pasajeros para que la ayuden) ni me importa ya si están o no están. Los veo en la fila de no residentes, yo me meto en la fila de UE con mi tarjeta de residente y no miro atrás… mi humanidad se borra con tres o cuatro codazos en las costillas.