Como la mayoría de ustedes (así, tratados con respeto) saben, nací en Costa Rica. Los que no sabían se acaban de enterar… En todo América Central hay una serie de placas tectónicas que producen una buena cantidad de temblores al año. Pero cada cierto tiempo tenemos terremotos. La diferencia entre un temblor y un terremoto es que estos últimos son de mayor magnitud y causan daños importante, como el de ayer en Costa Rica, de intensidad 6,2 en la escala de Richter. La escala es bastante curiosa, pues un temblor de 6,2 como este es 10 veces más violento y dañino que uno de 5,2. Un grado en la escala multiplica los efectos exponencialmente. Tanto que una intensidad de 10 es igual en destrucción e impacto a un meteorito.
Desde que nací, he sentido infinidad de temblores, pero pocos terremotos. Bueno, pocos… no… bastantes.
El primero del que tengo memoria tendría que ser el del 2 de abril de 1983, con una intensidad de 7,3. Tenía cuatro años y ante todo recuerdo ver el mar demasiado calmado tras el temblor y nuestra salida abrupta al día siguiente, se acabaron las vacaciones pues mis padres querían volver y asegurarse de que todo estuviera bien en la casa.
Después tengo el recuerdo de una cadena de temblores y terremotos bastante seria, que acabó por provocarme pánico a los temblores. Empezó con uno de 7,0 de intensidad un 25 de marzo de 1990, siguió con un enjambre sísmico en mayo y junio del mismo año, un temblor bastante fuerte (5,7) en diciembre y el 22 de marzo del año siguiente culminó con el peor de todos: 7,5 en la escala Richter y con una duración de 40 segundos. Al final, y entre otros efectos, la costa del Atlántico se levantó hasta dos metros de su nivel original. Fue impresionante, en realidad fue absolutamente aterrador.

Efectos del terremoto de Limón, 1991
A partir de ahí y durante un año, dormía con la manta medida para salir corriendo, las zapatillas donde yo calculaba que quedaban mis pies al bajarme de la cama, con la puerta de mi habitación abierta, una bolsa debajo de la cama con ropa, un foco, baterías. Nadie me podía convencer de comportarme de manera racional.
Lo superé gracias a una película, no recuerdo cual… empezó a temblar y estaba por acabarse, así que escogí ver el final.
Para que luego digan que los psicólogos son necesarios (bromita…).
En todo caso, a lo que iba… es increíble las cosas a las que un ser humano se acostumbra, pero puedo dar fe de que los terremotos jamás entran en la “normalidad”. No hay forma de imaginarse lo que es, lo que se siente, si no se ha vivido. Pero una vez que has pasado uno, dos o tres, en cuanto empieza a moverse el suelo temes que sea uno “serio”.
Esa sensación de estar en desventaja frente a un evento que puede ser tan catastrófico me impresiona. Los quince muertos y contando, el kilómetro de carretera hundido, los centenares de casas completamente destruidas y las miles de casas con daños, los heridos, las 30 mil personas sin agua desde ayer, las dos mil personas que duermen en albergues, los que siguen desaparecidos, las 400 personas atrapadas en la montaña, durmiendo a la intemperie por la imposibilidad de llegar hasta el lugar… es demasiado.

Efectos del terremoto de ayer, cerca del Volcán Poás
Sigo odiando los temblores, pero más odio estar lejos cuando hay uno. Ayer hubo terremoto en Costa Rica y a las 4 de la mañana yo seguía despierta, pensando en familia y amigos, absolutamente impotente y frustrada, con mi propio temblor por dentro.
Para tranquilizarme recuerdo el dicho conocido, ese que dice que las malas noticias llegan primero.
ps. Mis papás se reportaron, están bien. Mi familia igual. Mi mejor amigo y su familia (que viven muuuuuy cerca del epicentro) también están perfectamente bien.