Y sí, tiene un punto triste el constatar que mi hermana y yo nos llevamos perfectamente cuando estamos lejos.
Ya sé que parezco un disco rayado, pero bueno… a veces necesito descargar por algún lado.
Somos distintas, pero más que eso el problema es que somos completamente opuestas. No hay nada que ella haga que a mí me parezca bien, no hay nada que yo haga que ella acepte sin discusión.
Nos cuesta encontrar de qué hablar, aunque nunca es incómodo, pero al menos yo me veo buscando que contarle constantemente. Ella considera que soy como una vieja, que llevo una vida demasiado tranquila para tener 29 años. Yo pienso que ella vive como una adolescente, con demasiada fiesta y poca formalidad para tener 32. Ella está convencida de que me creo más madura de lo que soy, yo lo estoy de que ella es menos madura de lo que debería ser. Yo he aprendido a decir las cosas directamente, ella no soporta que nadie le haga observaciones sobre las cosas que hace o dice. Yo jamás usaría su ordenador sin permiso, ni dejaría cosas tiradas en mal sitio en su casa, ni dejaría platos sucios, ni llamaría a su marido a las 6 am (tras venir de fiesta) para que me abra la puerta porque no puedo hacerlo yo. Yo no lo haría. Pero sé que a ella le daría igual que yo lo haga, porque le parece normal. Mi hermana es lo más cercano a una princesa, con el agravante de que siempre me ha tomado por su servicio.
Si no fuéramos familia no seríamos amiga, estoy convencida.
Ahora, el que se haya ido me provoca una cantidad de sentimientos encontrados que trato de poner en orden. Sobre todo porque pasa el tiempo, ya casi ni lo noto, ya confundo la 2da navidad aquí con la 3era, hablo de vosotros porque me facilita la vida, uso palabras en catalán indistintamente, tengo poquísimos amigos aquí y allá. Y no es fácil.
Miro para adelante y hay puntos de mi vida que no sé donde imaginar. No sé dónde voy a vivir dentro de 10 años, aunque mi tierra natal me quede cada vez más lejos. Mi madre me cuenta que a Primita Hermanita Menor la intentaron meter en la parte de atrás de una furgoneta un viernes a las 2 de la tarde. Nadie sabe para qué. Y que a su amiga de toda la vida, al igual que sus hijas, las han asaltado a plena luz del día. Y que en la zona pija de la capital mataron a una joven a quemarropa. Y que no se puede ir a ninguna parte, porque ya no hay horas ni zonas ni barrios seguros. Yo rezo cada noche para que no les pase nada a mis amigos, ni mi familia, me asusta que me necesiten y no estar. Pero no quiero volver.
¿Y entonces?
Me fustigo, a veces, pensando que reniego de tantas cosas, de la gente que me abrazó tanto, de mi propia familia. Y en parte es lo que hago, porque cada día borro más el trazo de mi crianza y me amoldo más a donde estoy.
Normal, lo sé, pero me crea una sensación de vacío enorme, que a ratos carcome con furia.
Son esos días, esos meses, esos…
Yo qué sé.



