
Desde los 12 y hasta más o menos los 15, estaba obsesionada con ser la mejor amiga de mis amigas. Les preguntaba directamente si era la mejor amiga 1, la 2, la 3. Para mí, competitiva medio reformada, era de suma importancia el reconocimiento de ser mejor, mejor amiga, más confidente, yo qué sé. Hacía numeritos memorables si me enteraba de que no me habían contado un secreto.
Una terrorista emocional, en resumen, pero por pura inseguridad.
Poco a poco fui aflojando, claro, pero siempre me quedó esta idea –bastante extendida por lo demás –de contar con mis “mejores amigas”. Incluso llegó un punto, no hace tantos años, en que tenía un mejor amigo y una mejor amiga. Eran mis puntos de referencia.
Cuando se armó un pequeño caos en mi vida, gracias a que mi mejor amiga digamos que se “portó” muy mal conmigo y en el desastre también entró mi mejor amigo, dejé de pensar en esos términos. Como mucho me atrevo a decir “amiga/o cercana/o” o hago la referencia especificando “mi amigo de X lugar” y con eso zanjo el tema de las clasificaciones. Tengo amigos fantásticos, lo sé, pero yo ya no cuento con nadie como lo hacía antes.
Esa independencia de títulos a veces me juega en contra. Antes era fácil: estaba triste, llamaba a Fulana o a Sutano. Tenía buenas noticias, llamaba a Fulana o Sutano. Ahora, roto el esquema, a veces no tengo a quien llamar… no porque no tenga quien me escuche, si no porque de alguna manera el concepto de que alguien sepa cada detalle de mi vida me crea un poco de manía.
No es resentimiento, ni es cobrar lo que hacen algunos con otros… a lo sumo, un poco de introspección excesiva. Lo malo, al final de cuentas, es cuando tanto pensar qué contar y qué no se traduce en una sensación de desamparo.
Raro.
A veces quisiera volver a mi inmadurez, así llamaría al menos a la mejor amiga 3 cuando la 1 y la 2 fallan.
Ilustración: BubboTubbo