
Pocos meses después de entrar a la Universidad, con 16 años, conocí a quien sería Mi Novio Platónico.
Lo veía cada día, cada día suspiraba. Me enteré de que una amiga lo conocía de su barrio, así que planeamos una estrategia requete “disimulada” para que me lo presentara. En resumen lo seguimos hasta la puerta de su casa (tuvimos que tomar un autobús y demás, en plan stalker total) y antes de que entrara, mi amiga lo llamó.
A partir de ahí, cada vez que lo veía podía suspirar, pero también lo saludaba. En pocas semanas empezamos a salir juntos: a comer, al cine y los fines de semana iba a verlo entrenar o jugar béisbol. De conversación interesante poca, yo me sentía incapaz de articular nada inteligente. Y él, a pesar de llevarme cuatro añitos, digamos que tampoco era muy ágil. De hecho yo hablaba más con su madre que con él. Destinados a una relación complicada al estrepitoso fracaso.
Como mis amigas empezaban a preguntar, directamente decidí mentir. Jijijiji… les dije que sí que nos dábamos besos como cualquier pareja normal. Repetí la mentira suficientes veces: llegó un momento en que me lo creí.
En total estuve saliendo con Mi Novio Platónico un año y dos meses. Increíble, pero cierto, catorce meses con tres piquitos si acaso (o no, ya no sé, ya expliqué mis mentirijillas compulsivas en este caso). Mi madre me decía que talvez él quería una “amiga”, pero su madre no paraba de repetirme cuán enganchado estaba su hijo a mí.
La última vez que lo vi fue en el 2004. Durante algunos minutos volví a ser la nena de 16 que no sabe qué hacer. Luego pensé en lo ridículo de la situación y solté mi pose de femme-fatale-I-Know-you-want-me-I’m-simply-irresistible. Por primera vez logramos conversar, contarnos cosas, reírnos sin presiones. Y ahí estaba la cosa más evidente del mundo. En un instante me di cuenta de que había hecho todo mal: es cuando sueltas la pose que consigues lo que quieres.
Y sí… no lo niego, soy lenta… tardé nueve años en entenderlo.
Ilustración: Jason Sposa