Posts tagged disparatitos

Sí, qué le vamos a hacer…

… odio el día de San Juan.

En Coruña, alguna vez, lo amé.

Ahora, en Barcelona, me parece espantoso. Niños con petardos (que es peligrosoooooo, nadie lo tiene en cuenta?), adultos con petardos y botellas que no tardan mucho en vaciar, la playa hecha un asco, más petardos y… ah, sí, petardos.

Añoro aquel junio en mi Coruña mi Coruñita…

Agh.

Sigh.

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Huevo pasado por agua

El Hubby decidió hacerse un huevo pasado por agua hace unos minutos.

Yo ya le había explicado mi aversión a los famosos huevos medio crudos.

La infancia me dejó una buena herencia de cosas que no soporto:

1. que me toquen los pies/mis pies en general… La Hermana se encargó de convencerme de que eran feos.

2. Las cosquillas… La Hermana me hizo tantas que acabé por odiarlo. En resumen, no soporto el tacto ese sutil de cosquilla, en ninguna parte del cuerpo.

3. Que me toquen el cabello… era la única con rizos así de vistosos y más de uno quería sentir su textura. Me harté y decidí que no me gustaba.

4. Que me digan mi nombre con “ita” al final… en algún momento alguien lo usó como despectivo y nunca más lo acepté.

Pero ante todo: ¡no puedo con el huevo pasado por agua!

Salí corriendo del sofá donde El Hubby vino a comer. Él mirándome con cara de sorpresa, yo corriendo a refugiarme a otra habitación mientras gritaba “lo siento, pero es que no puedo, lo sientoooo”.

Mi abuelita nos hacía huevos de estos y casi nos obligaba a comérnoslos. Yo intentaba reprimir los espamos estomacales, seguramente hacía muecas de dolor y tortura profunda, pero intentaba cumplir con el cometido.

No creo que lo haya logrado ni una vez. Puagh.

Tengo el estómago retorcido sólo de verlo. Puagh.

No los soporto.

Imagen: Muitosto

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Skype, arrugas y de hoy en cinco meses…

Mi madre tiene varias semanas de preguntarme cómo estoy. Esto de que te vean por la cámara del Skype tiene sus desventajas. No se le escapa una. A veces es mal dormir, a veces es anímico, pero su ya bastante desarrollada intuición ha encontrado a la aliada perfecta en la tecnología.

La próxima semana me quito las gafas en cuanto se acerque la hora de hablar con ella, me pondré las lentillas y como mínimo echo mano del rímel y delineador.

En todo caso, es verdad que desde hace poco más de un mes, me encuentro arruguitas nuevas, los ojos cansados y menos brillantes y ojeras. De esas épocas en que prefieres que no te hagan muchas fotos si no es haciendo payasadas… pues así.

¿Será la crisis de los 30 años cinco meses antes de tiempo?

Uf.

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Cuidadito conmigo, nena.

Y entonces resulta que hay una tipa, escenógrafa, que no me soporta. Cada cosa que digo es digna de discutirse. Pone palabras en mi boca que yo no he dicho, se ríe de quien puede cuando le parece que ha dicho una tontería, habla tan agresivamente que siempre provoca reacciones violentas, murmura, criticándome a media voz, cuando le rebato algún argumento, me mira con ojos de desprecio, suelta interjecciones con que yo respire. Sólo le falta esperarme en el pasillo para hacerme una zancadilla frente al capitán del equipo de basketball.

Yo, por mi parte, tampoco soy un ejemplo digno a seguir. Es más, no la culpo, porque cuando alguien me toca el hígado me pongo repelente. Y cuando lo soy… lo soy mucho, hasta el final, hasta las últimas consecuencias. Le discuto todo, sobre todo porque soy una pedante amante de la retórica, porque creo que es simple y superficial en sus razonamientos y porque no me gusta su prepotencia. Por supuesto que no ayuda que me pone a funcionar la mente reactiva, porque sí, Black Betty confiesa que una de las pocas cosas que la vuelve una fiera maldomada, salvaje y carnívora es la gente que va de interesante. Encima, y aquí me siento aún más adolescente, ese look de punky-progre-radical-extrema-me-rapo-y-no-me-ducho-porque-soy-muy-cool me pone de malas. A ver, cada quien que se ponga lo que le dé la gana, de acuerdo, pero la gente que ves que “va de” en vez de “ser” no me gusta. Lo siento. Y los escenógrafos son buenísimos para “ir de”. Lo siento.

Por ahora, que se cuide la escenógrafa, que si la veo sola en el vestuario, le tiro los cuadernos en el wáter y le robo el dinero del almuerzo.

Sigh. Me pregunto cuándo me daré cuenta de que tengo casi 30. Y eso es casi el doble  de edad de cuando me lucían estas estupideces.

Ilustración: PoisonAri

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Novio Platónico y yo

Pocos meses después de entrar a la Universidad, con 16 años, conocí a quien sería Mi Novio Platónico.

Lo veía cada día, cada día suspiraba. Me enteré de que una amiga lo conocía de su barrio, así que planeamos una estrategia requete “disimulada” para que me lo presentara. En resumen lo seguimos hasta la puerta de su casa (tuvimos que tomar un autobús y demás, en plan stalker total) y antes de que entrara, mi amiga lo llamó.

A partir de ahí, cada vez que lo veía podía suspirar, pero también lo saludaba. En pocas semanas empezamos a salir juntos: a comer, al cine y los fines de semana iba a verlo entrenar o jugar béisbol. De conversación interesante poca, yo me sentía incapaz de articular nada inteligente. Y él, a pesar de llevarme cuatro añitos, digamos que tampoco era muy ágil. De hecho yo hablaba más con su madre que con él. Destinados a una relación complicada al estrepitoso fracaso.

Como mis amigas empezaban a preguntar, directamente decidí mentir. Jijijiji… les dije que sí que nos dábamos besos como cualquier pareja normal. Repetí  la mentira suficientes veces: llegó un momento en que me lo creí.

En total estuve saliendo con Mi Novio Platónico un año y dos meses. Increíble, pero cierto, catorce meses con tres piquitos si acaso (o no, ya no sé, ya expliqué mis mentirijillas compulsivas en este caso). Mi madre me decía que talvez él quería una “amiga”, pero su madre no paraba de repetirme cuán enganchado estaba su hijo a mí.

La última vez que lo vi fue en el 2004. Durante algunos minutos volví a ser la nena de 16 que no sabe qué hacer. Luego pensé en lo ridículo de la situación y solté mi pose de femme-fatale-I-Know-you-want-me-I’m-simply-irresistible. Por primera vez logramos conversar, contarnos cosas, reírnos sin presiones. Y ahí estaba la cosa más evidente del mundo. En un instante me di cuenta de que había hecho todo mal: es cuando sueltas la pose que consigues lo que quieres.

Y sí… no lo niego, soy lenta… tardé nueve años en entenderlo.


Ilustración: Jason Sposa

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Aficiones raras

Yo, Black Betty, confieso que tengo una afición rara. Me fascina, encanta, vuelve loca: ver anuncios de pisos y casas. Pero que nadie se crea que me gustan los pisos asequibles: noooooo, yo tengo el radar puesto para casas de precios estratosféricos. Me acerco embobada a las ventanas de las inmobiliarias, paso horas revisando anuncios del periódico. Soy rarilla, lo sé.

Y lo hago siempre que caminamos por ciudades nuevas, de paseo… así, puedo decir cuánto cuesta una casa en Oslo, en Trondheim, en Viladrau, en Puigcerda… you name it.

De tanto ver precios absurdos, llega un punto en que tres millones de euros no me parecen tanto. Menos mal que no los tengo, porque sería un peligro.

Aunque pensándolo bien, si los tuviera, los pondría en un banco en mi terruño, donde los ahorros en euros dan muuuucho rédito. Esa es otra afición extraña, calculo cuánto dinero necesitaría tener ahorrado para vivir de los intereses. Je je je. Con lo que gano por mes por esos tres millones  (la nada friolera suma de casi 10 mil euros) vivimos El Hubby y yo taaaan panchos. Creo que me llega para comprarme el piso de 300 m2 del post anterior, decorarlo y mantenerlo limpio, ordenado y fantástico.

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