…pero cada año el otoño me baja la energía.
Supongo que es normal que el ánimo decaiga, pero esto de reaccionar a las estaciones no me gusta nada de nada.
…Sigh…
…pero cada año el otoño me baja la energía.
Supongo que es normal que el ánimo decaiga, pero esto de reaccionar a las estaciones no me gusta nada de nada.
…Sigh…
Como ya he contado alguna vez, tras un par -o tres, las cosas como son- de trancazos, pasé de ser señorita amistosa a ser señorita escrupulosa. Sinceramente no es que desconfíe, es que espero confirmación factual para confiar. Hablo de amistades nuevas, mis amigos de siempre están y no son sometidos al tratamiento de “sospechoso hasta que demuestren lo contrario”. Tras cinco años casi por estos lares, cuento con una mano mis amigos cercanos… ¡¡¡y me sobran dos dedos!!!
Hay días en que me parece que está bien eso de tener un pequeño círculo de confianza, los “amigos”, uno más extendido de “amistades” y uno medianito de “conocidos”.
Otros días, en cambio, pienso que estoy cometiendo un error. Por ejemplo, veo que cuento más en el blog que en la vida o que pasan las semanas y no veo fuera de horarios obligados a la gente que quiero.
Justamente esta semana me he sentido algo sola. Desde hace una semana no veo a El Geniecillo Fashion. Yo falté a clases del jueves -tenía una cita médica- y el viernes él se fue a visitar a sus padres. La Biotecnóloga y yo nos fuimos a tomar una Trina Naranja (literamente, pero como premio al aburrimiento nos ganamos dos entradas al cine…) el viernes, desde entonces no la veo porque héte tú que ella no hace el curso intensivo en el que estoy. El fin de semana cenamos con dos amistades, pero son amistades… no les cuento mi vida y disfruto su compañía, pero no las echo de menos si no están ahí.
Así, durante los últimos tres días voy a clases “sola”, simpatizo medio obligada con los compañeros y sí… me siento sola.
La solución, que sería ser menos exigente, tampoco me parece satisfactoria.
Geniecillo no regresa si no hasta el lunes… buju… sigh.
Mañana llamo a Biotecnóloga.
Pues resulta que me pasé la noche en la clínica, con sospechas de apendicitis… pero me libré de que me operaran porque los leucocitos bajaron en pocas horas.
En su lugar, se supone que tengo una infección gastrointestinal (de caballo, de esas épicas y espectaculares que te incapacitan) probablemente provocada por el cambio de dieta, de agua, de quién sabe qué, y detonada por una deliciosa pasta con mariscos que nunca más volveré a comer.
Al menos ya no tengo fiebre, y el ataque de pánico que protagonicé en el consultorio de la médico de guardia es un vago recuerdo de ayer, sólo refrendado por el cuerpo un poco cansado. Pobrecito mi padre que le tocó ejercer de enfermero. Y pobrecita mi mamá que estaba súper asustada por mis síntomas, pero más por mi temblor de cuerpo entero, al llegar a la clínica.
La verdad que pocas veces he pasado tanto miedo en mi vida.
Parece que ya pasó.