Hay momentos concretos en la vida de cualquier persona que se convierten en un punto de giro. Cambia la acción, como en el teatro, el personaje o bien se decanta por un nuevo objetivo o, incluso más interesante, entra en proceso de anagnórisis.
Según los trágicos griegos (más bien según Aristóteles… pero ese no es el punto), la anagnórisis consiste en el reconocimiento del fallo trágico del personaje. De eso que lo ha llevado a ser castigado por los dioses o a fraguarse su propia desgracia. Cuando Edipo se da cuenta de cuánto la ha cagado, vamos.
Así, el viaje a Noruega ha sido una completísima anagnórisis.
Me explico:
Durante años he tenido problemas estomacales variados. Cuando terminaba segundo año de universidad (oh, año 97, qué lejos me quedas) estuve varios meses con dolores severos en la boca del estómago. Como le tengo recelo a las pruebas médicas complejas (y para mí una gastrocopia lo es), me aguanté sin hacer nada de nada, oculté que me dolía y el padecimiento acabó por pasar solo. Dejé de tomar leche entera, punto.
Durante estos últimos 11 años diría que he tenido algunas épocas malas, sobre todo los dos años que trabajé de periodista a jornada completa (lo dejé, claro está) y en el último año, más o menos. Pero siempre tenía esa típica sensación de que no era nada grave y que podía aguantar.
Hasta ahora.
Aparte de pasar casi dos semanas comiendo poco, despacio y escogiendo con lente de aumento las comidas (menos hoy, lo confieso, me comí dos waffles), tener malestar estomacal casi cada día y sentirme mal física/mentalmente, he visto de cerca un caso peor.
El primo-noruego-empresario de El Hubby tiene poco más de 40 años. Vive en una casa enorme, de casi 1000 m2 en total -dividida en dos plantas, un sótano y un ático-. Tiene coches buenos, un trabajo por su cuenta que le produce ganancias, un bote super chuli piruli de 35 pies, una casa en una isla del fiordo que llama “cabaña”, pero es un mini palacete rural, una chica fantástica a su lado y un perro malcriadísimo pero adorable. Junto con eso también tiene o ha tenido diabetes, cáncer en la piel, problemas serios en las cervicales tras un accidente, pérdida de fuerza en un brazo, piedras en la vesícula, piedras en los riñoñes, gota y úlcera. Su bienestar material y el de su familia le ha hecho descuidar su salud, aunque lo haya hecho por necesidad (tuvo que asumir con su hermano la empresa familiar a los 21 años).
Es un poco lo que hacemos los irresponsables, aunque sea en menor escala. Me cuento entre ellos. Siempre hay algo más importante que cuidarse. Hay trabajo por el cual responder, obligaciones económicas, obligaciones académicas… el tiempo es poco y nunca es propicio cuando se trata de ver médicos: siempre hay excusas.
Ver al primo-noruego-empresario temblar del dolor, acostado en el sofá, por un ataque de la vesícula, culmina mi proceso de anagnórisis… he sido una irresponsable, pero no voy a llegar averiada a los 40. Me niego. Cuando las abuelas dicen que la salud está primero los nietos sonreímos, hay mil cosas que podemos imaginar más importantes, más llamativas, más divertidas: pero tienen razón. No hay ningún otro bien, material o espiritual, que pueda reemplazar el acostarse a dormir tranquilo, sin temer despertarse en medio de la noche sintiéndose fatal.
He pasado dos semanas complicadas, pero mirándole el lado resplandeciente, son el disparo de salida hacia otra forma de verme en términos de salud. Hasta ahora sabía que el cuerpo fallaba, que se desgasta y bla bla bla, pero también me creía -de cierta forma- inmortal, cuando ha sido simple y llana suerte.